sábado, 1 de marzo de 2014

Fino ecosistema

Caminaban un camino que es de fuego embellecido. Se frenaron solamente cuando encontraron el río. Hasta él, como hipnotizados se dirigieron firmemente los pasos livianos. El sedoso río tornasolado donde caían las últimas hojas del naranja otoño pendiente. Sinuosas las costas del torrente transportaban en su cauce la nueva vida de los peces jóvenes y coloridos que nacieron en verano. Y ante tal imponente panorama nativo por natúreas acuarelas pintado, descansaron tu piel pálida y tu vestido color terreo claro. Tus cabellos tintados de princesa tímidamente acariciaron el refugio improvisado que la erosión había tallado en la linde del suspiro. Y tus pies cálidos cayeron colgados como flotando sobre el perfume rocío del cansado vaho.

Entre el agua del río y tus pies cruzó una lucha entre delirio y sorpresa. Cuanta fina agudeza que en la tarde del último día de vacaciones haya expresa como nunca tanta belleza justificada. El Sol bajando distante, solitario, se detuvo un mínimo instante casi imperceptible. Todo movimiento cesó y el universo sosegado brindó un momento de paz y libre albedrío, de protagonismo absoluto al espectáculo espontáneo que el vestido que cubría tu pasado regalaba al sentir de los sentidos, danzando fácil con el viento que corría atravesando la corriente de aquél río de naranja otoñal rendido.

Tus pies balanceándose calmos se prestaron al jugueteo de los amantes.
Tus pies suaves y perfectos rozaron la superficie impoluta de las aguas manantiales.
Y así entonces el Sol retomó su movimiento. Como si aquella pausa hubiese sido solo para ver a tus pies perfectos hacer el amor con el río.
O quizás quisieron los astros ver ondear las telas color terreo claro.
Algunos piensan que nunca existió tal historia, algunos la consideran irrelevante.
Pero cierto es que después de aquel ocaso el Sol sale cada día como loco esperanzado buscando aquellas sedosas telas color terreo claro.

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