Ahí estaba en posición de indiecito como tantos
otros fines de semana, amaneciendo ebrio y solo sentado al borde de la terraza
de mi edificio. La sensación de calma que me daba tener la ciudad debajo de mí
era indescriptible. Después de haber perdido mi trabajo en la escuela ya no
tenía la obligación de levantarme temprano, y podía quedarme hasta tarde
reflexionando y tomando ginebra en la cornisa, mirando como la ciudad moría por
la noche para renacer con la salida del sol. Casi durmiéndome por el alcohol en
sangre, mi cuello cedió en un suave cabeceo del que me desperté con un
estrépito que me hizo soltar la botella que cayó por el abismo reventando en
cientos de pequeños cristales al tocar la vereda. Pensé entonces en irme a
dormir y apoyé mis manos en el suelo para ayudar a levantarme, al hacerlo un
súbito mareo me hizo perder el horizonte como ocurre cuando uno se incorpora
rápidamente, todo se hizo extremadamente lento mientras mi cuerpo se proyectaba
hacía la caída libre.
Simplemente comencé a caer, la reacción de la
adrenalina hizo que mis músculos se inyectaran en sangre y mis sentidos se
agudizaran. Dicen que al estar cerca de la muerte uno ve la vida pasar frente a
sus ojos, pero eso no sucedió. En cambio tuve al menos cien pensamientos de los
cuales solo recuerdo haber hecho dos cálculos. Si el edificio tiene 12 pisos y
cada piso tiene aproximadamente 3 metros de altura, estoy cayendo desde 40 metros
contando la planta baja. El tiempo es igual a la raíz del doble de la altura
sobre la aceleración de la gravedad. Si la altura es de cuarenta metros,
cuarenta por dos, ochenta, ochenta metros dividido 9,8m/s2 es 8,16; la raíz de 8,16s2 es 2,85 segundos. Y si el tiempo es igual a
2,85s, la velocidad final es igual a 9,8m/s2 por 2,85s; entonces
impactaría el suelo a 27,93 metros sobre segundo y tardaría 2,85 segundos en
caer… No moriría pero aún peor, podría quedar con problemas motrices o mentales
por el impacto. Tenía muy poco tiempo para decidir si vivir con esa carga o
intentar girarme para que lo primero que tocase el suelo sea mi cabeza,
entonces, tendría mas posibilidades de terminar todo rápidamente. El calor
recorrió cada fibra de mi cuerpo y en un impulso intenté girarme haciendo una
tijera con mis piernas, mi pie derecho golpeó una saliente de una ventana lo
cual giró mi cuerpo y proyectó mi cabeza hacia el pavimento. Al momento de
impactar, sentí la misma sensación que cuando uno está por caerse de la cama
dormido, y desperté al borde de la cornisa de la terraza con un estrépito que
me hizo soltar la botella de ginebra que rodó y cayó por el abismo reventando
en cientos de pequeños cristales al tocar la vereda.
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