marcando en la pulcra arena
las pisadas y los cascos las hordas de esqueletos,
de despojos.
Liberando penas y gritando por aquellos
que alguna vez vieron el rojo.
Van llorando sus condenas,
los cuatrocientos cuarenta y cuatro ojos
del monstruo muerto al que todos tememos.
Pero apenas conocemos,
de los sueños rotos
que plantaron en nuestras playas
sus banderines de odiseas.
Son pocos. Segundos los que quedan.
Y quema, no saber dónde estamos.
Los otros que corten sus cadenas.
Nosotros quedemos como locos.
desafiemos las creencias.
Y decidamos…
Si se mueren, si se quedan…
Violemos los páramos helados.
Ofrendemos a Lilith nuestras pieles.
Recemos aunque no sepamos
y hagamos lo que hagamos
seamos crueles.
Que si hay algo de lo que sabemos,
es de errores,
de ser tristes perdedores
y carneros infieles.
Seamos eso entonces.
Un grupo de indigentes,
al que sus anhelos quebraron.
Y por videntes sepultaron,
solo algunos creadores.
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