Cierto día, me cansé de verte siempre
sonriendo. Si tu sonrisa es al fin y al cabo, la batería que da energía a mis
pasos y mis pensamientos. Sabés muy bien, como el plástico mundo en que
vivimos, cobra sentido en mi mente llenándose de cositas tiernas y lindas. Como
transformás la agonía de mi estomago en un pleno abrazo al mismísimo amor, cada
vez que la suavidad pulcra de tus labios me roza con la intención de quererme y
demostrarlo. Tu sonrisa, me remite a tu alegría, y la luz gloriosa que despiden
tus encantos sobre mis cinco sentidos. Me recuerda a la danza lisérgica y
excitante que tu lengua sabe bailar con mi lengua. Culpable sea esta de la
aceleración de mi respiración. Dicha aceleración que acompaña, el violento
latir que tus manos aman sentir al apoyarse sobre mi pecho. Justo sobre mi
oído, tu sonrisa me exhala suavemente el calor de tu cuerpo desnudo que vibra
por dentro. Que se exalta al más mínimo impulso de mis piernas o mis manos...
Cierto día me cansé de esa sonrisa. Sentí casi exactamente lo mismo que todos los días desde aquella vez que el curioso empapelado fue testigo de nuestro primer encuentro. Casi, pero no lo mismo. No comprendan algunos, que amaba ver tu sonrisa rendida luego de hacer el amor brutalmente, apasionadamente, suavemente; después de hacer el amor. Cómplice del placer y las contracciones de los músculos de tus caderas y tus piernas. Ciertamente, como dije antes, amaba tu sonrisa. Especialmente esa sonrisa, detonante de mi sangre, que loca se agolpaba transportando oxigeno. La que de una mueca parecida a la del dolor, sin tintes medios, dibujaba el relajo en tu rostro, el alivio y la dicha.
Luego de despertar, un día, tu afrodisiaco aroma me invadió para recordarme que esa noche habíamos dormido juntos. Y mis manos, sin pensarlo, se posaron una en tu cadera (una) y la otra, como abrazando tu cuello, en tu hombro. Mi antebrazo, apenas apoyado en tu garganta, sentía las suaves cosquillas del aire que comenzaba a internarse en tu cuerpo. Mis dedos lánguidos jugaron durante unos minutos con tus clavículas, de un extremo a otro, haciendo pequeños círculos al llegar a ese punto mágico donde tu hombro se funde con tus brazos... Volvían por el mismo camino, cada vez más lentamente y descansaban unos segundos en la base de tu cuello, mientras la palma de mi mano, disimuladamente se apoyaba en tu pecho, a la vez que mis dedos seguían y seguían jugando. Poco a poco, fui incitando a tu cuello a que se dejara besar por mis labios húmedos. Con mi mano derecha, masajeaba tu vientre, también en círculos, círculos cada vez más amplios, que buscaban tocar el elástico de tu bóxer, que a cada círculo se acercaban, que a cada círculo, también se le insinuaban a tus pechos.
Tu cuerpo yacía en la cama, dormido, sin oponer esfuerzo alguno a mis ataques. Inmóvil, más hermoso que nunca, ya que solo cuando dormías, este no emitía ningún esfuerzo por exaltar tus rasgos ni tus encantos. No debería decir esto, por respeto a una dama, pero debo admitir que a ese punto la excitación de a poco me transformaba. Sentirte tan cercana, pegar mi piel sobre tu piel, sentirte también excitada, pero aún dormida… No entendía, no importó. Me excitaba.... Hasta que en un momento, supongo que coincidió con el momento en que apoye mi sexo totalmente duro contra tu…
Cierto día me cansé de esa sonrisa. Sentí casi exactamente lo mismo que todos los días desde aquella vez que el curioso empapelado fue testigo de nuestro primer encuentro. Casi, pero no lo mismo. No comprendan algunos, que amaba ver tu sonrisa rendida luego de hacer el amor brutalmente, apasionadamente, suavemente; después de hacer el amor. Cómplice del placer y las contracciones de los músculos de tus caderas y tus piernas. Ciertamente, como dije antes, amaba tu sonrisa. Especialmente esa sonrisa, detonante de mi sangre, que loca se agolpaba transportando oxigeno. La que de una mueca parecida a la del dolor, sin tintes medios, dibujaba el relajo en tu rostro, el alivio y la dicha.
Luego de despertar, un día, tu afrodisiaco aroma me invadió para recordarme que esa noche habíamos dormido juntos. Y mis manos, sin pensarlo, se posaron una en tu cadera (una) y la otra, como abrazando tu cuello, en tu hombro. Mi antebrazo, apenas apoyado en tu garganta, sentía las suaves cosquillas del aire que comenzaba a internarse en tu cuerpo. Mis dedos lánguidos jugaron durante unos minutos con tus clavículas, de un extremo a otro, haciendo pequeños círculos al llegar a ese punto mágico donde tu hombro se funde con tus brazos... Volvían por el mismo camino, cada vez más lentamente y descansaban unos segundos en la base de tu cuello, mientras la palma de mi mano, disimuladamente se apoyaba en tu pecho, a la vez que mis dedos seguían y seguían jugando. Poco a poco, fui incitando a tu cuello a que se dejara besar por mis labios húmedos. Con mi mano derecha, masajeaba tu vientre, también en círculos, círculos cada vez más amplios, que buscaban tocar el elástico de tu bóxer, que a cada círculo se acercaban, que a cada círculo, también se le insinuaban a tus pechos.
Tu cuerpo yacía en la cama, dormido, sin oponer esfuerzo alguno a mis ataques. Inmóvil, más hermoso que nunca, ya que solo cuando dormías, este no emitía ningún esfuerzo por exaltar tus rasgos ni tus encantos. No debería decir esto, por respeto a una dama, pero debo admitir que a ese punto la excitación de a poco me transformaba. Sentirte tan cercana, pegar mi piel sobre tu piel, sentirte también excitada, pero aún dormida… No entendía, no importó. Me excitaba.... Hasta que en un momento, supongo que coincidió con el momento en que apoye mi sexo totalmente duro contra tu…
/simplemente, sin
aviso, giraste tu rostro, y me besaste.../
... Sacaste del camino, la única prenda que estorbaba y te penetré suavemente. Mis latidos, tu respiración, tus clavículas, mis manos, nuestras lenguas. Cada vez más, mis brazos te obligaban a pegarte a mi cuerpo. Mis besos comenzaban a ser violentas mordidas en tu cuello y tus hombros. Tu sonrisa, si, esa sonrisa especial, de ira, de placer, de sadismo. Y aun más, tus manos rasguñando mis muslos. Tu sonrisa, tus clavículas, la piel suave y blanca en tus hombros que se marcaba por mis dientes... Tus gemidos, tu sonrisa...
... Sacaste del camino, la única prenda que estorbaba y te penetré suavemente. Mis latidos, tu respiración, tus clavículas, mis manos, nuestras lenguas. Cada vez más, mis brazos te obligaban a pegarte a mi cuerpo. Mis besos comenzaban a ser violentas mordidas en tu cuello y tus hombros. Tu sonrisa, si, esa sonrisa especial, de ira, de placer, de sadismo. Y aun más, tus manos rasguñando mis muslos. Tu sonrisa, tus clavículas, la piel suave y blanca en tus hombros que se marcaba por mis dientes... Tus gemidos, tu sonrisa...
/Mis manos livianas
y delicadas decidieron por un momento tapar tu hermosa sonrisa./
Entonces, sentí en mi pene las
contracciones de tus músculos, y tu cuerpo entero, queriendo retorcerse, solo
queriendo, y viéndose prohibido esto por la presión de mis brazos. Los gritos
de placer ahogados, fueron definitivamente el clímax. Y ruego, mi indecorosidad
sepas disculpar, pero no pude contenerme y lo que quedaba de suavidad, se
perdió en un violento acto cada vez más profundo y rápido... Tu orgasmo
cercano, se anunciaba por tus gritos, que decidiste dejar libes mordiendo mi
mano. Entonces quedando esta libre, volví a abrazarte desde atrás, como
envolviendo tu cuello, presionándote contra mí ser. Presionándote, imaginando
que nos fundiríamos literalmente en uno solo... Tu sonrisa, las cosquillas de
tus inhalaciones en mi antebrazo, tu cuerpo mojado por dentro y mi cuerpo
robando el poco espacio que quedaba entre nosotros...
Espacio breve, colmado por sonrisas.
Por sonrisas cotidianas, que alentaban mi sonrisa. Vibrando juntas inviernos
voraces, certeros inventos vivimos mi vida, volando. Mis dedos, sigilosos
hurtaron tu sonrisa, hermoso morbo que gusto mirar cada vez que pienso en
tocarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario