lunes, 4 de enero de 2016

Enfermo

Puedo asegurarles señoras y señores que yo… no inicié el incendio.

Quiero argumentar en mi defensa
que estaba aturdido
y posé mi mirada
en otro lado.

En la planicie que abarca
todo sueño inocente
de los desposeídos ante los ojos del Señor.
Una explanada primaverde
vinculada por los sentidos primos.
Vetas estañas peinan
las yermas tierras santas
de los prados,
mientras lenguas encendidas
que dibujan arabescos
corren cuesta arriba
bajo un siniestro cielo naranja por la tarde

Una punción delirio
penetra en el irreal imaginario
para alojarse en las comisuras
de la locura de las castas.
Se hacen armas los rugidos de mi viento
que empujan y vivifican las llamas.

Así arde todo un bosque entero
y aflora la savia.
Así el fuego cual poema prohibido,
incinera la mente, el instinto.
La nueva vida se acoge sola, innata.
Sin pensarlo es pintoresca y es humana
declarando el jardín virgen
del dominio de los ojos como propio,
como huella que da cuenta de su marcha.
Flamígeros látigos arrasan con las carnes,
que a su vez generan pestes
que corroen y engangrenan los cuerpos
de los nacidos de los humanos.


Sin mas, ascienden al cielo como las almas calcinadas.


Pero puedo asegurar, jurar sobre las santas escrituras si así lo desean que yo…

No inicié el incendio.

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