Noté que hablaba al ras del suelo
y sobre la faz
de la tierra no quedaba un solo ser humano.
Que la espontánea cinemática
de la vida resolvía quedarse muda
ante el tacto lejano del universo.
Todo tan rojo en el horizonte
hizo que en el infierno hubiera un grado menos de temperatura.
Se congelaron los vientres,
rodaron lágrimas por las mejillas de las madres restantes
y solo estuvo para verlo
el atento ojo espejo del turbado mar rosado.
Nubes de gases tóxicos se elevaron
de las pétreas bocas solitarias.
De las nubes miles de sueños se precipitaron.
Pero no hubo ni jinetes ni pestes,
solo se secaron los vientres.
El último nacido fue un niño llamado Batuke,
en la tierra inhóspita y lejana de un país africano.
Donde el hambre era ley y la eternidad era un instante.
Donde crecen larvas gigantes que
se alimentan de poblaciones enteras de negros adultos,
y sus esposas
y sus hijos
solo lloran impotentes por ver tan decadente ciclo.
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