Aquella para nada singular casa de frente blanco. Tenía un gran patio que separaba la fachada de la vereda. Un verde y hermoso patio, de lavándulas teñido suavemente con un violeta exquisito, delimitado por la reja negra que apenas sobrepasaba la altura promedio del ser humano varón. A la derecha y comenzando desde el portón de la reja, un caminito estrecho de opaco asfalto gris, decorado con una guarda de piedras bordeaux, que recorría sendos costados de la vía hasta la puerta de aquella casa. Una simple puerta blanca de cerradura ciega. Al lado de la puerta, contra el muro blanco que daba hacia el este, una ventana y al lado de esta, otra ventana. Frente blanco, con dos sencillas ventanas amplias y una puerta de cerradura ciega.
Pasó Octubre en su totalidad y todos los días fui a visitar a mi amigo, un tipo divertido y alegre. Muy buen amigo la verdad. Desde que había perdido mi trabajo por dormir en horario laboral, me había sumido en una gran depresión. Y Esteban lo sabía. Entonces siempre me invitaba a merendar con café y facturas. Al recibirme, se perdía unos minutos y volvía rápidamente con la campera de cuero y la bufanda puestas para que fuéramos a la panadería. Las facturas las pagaba yo, ya que él era quien ponía la casa y el café. Además, aunque estaba desempleado, me alcanzaba y me sobraba con lo que me dejaban los alquileres de aquellas dos propiedades heredadas por mi viejo. Pasábamos con Esteban horas sentados en los sillones del living hablando. “Mi” sillón, daba directo a la ventana y gracias a mi poco poder de atención la mayor parte del tiempo era él quien hablaba. Yo prefería escuchar en silencio, con la mirada fija a través de la ventana viendo la casa de enfrente.
Pasó Octubre en su totalidad y todos los días fui a visitar a mi amigo, un tipo divertido y alegre. Muy buen amigo la verdad. Desde que había perdido mi trabajo por dormir en horario laboral, me había sumido en una gran depresión. Y Esteban lo sabía. Entonces siempre me invitaba a merendar con café y facturas. Al recibirme, se perdía unos minutos y volvía rápidamente con la campera de cuero y la bufanda puestas para que fuéramos a la panadería. Las facturas las pagaba yo, ya que él era quien ponía la casa y el café. Además, aunque estaba desempleado, me alcanzaba y me sobraba con lo que me dejaban los alquileres de aquellas dos propiedades heredadas por mi viejo. Pasábamos con Esteban horas sentados en los sillones del living hablando. “Mi” sillón, daba directo a la ventana y gracias a mi poco poder de atención la mayor parte del tiempo era él quien hablaba. Yo prefería escuchar en silencio, con la mirada fija a través de la ventana viendo la casa de enfrente.
En la total obscuridad de la habitación, oí un suave respirar, no solo lo oí; hasta sentí y podría jurarlo por la pureza del blanco de aquella casa, sentí esa sutil brisa que provocaban sus exhalaciones. Durante unos minutos, ciento ochenta y dos segundos para más precisión, me embriague poco a poco sumiéndome en el hipnótico erotismo de esos jadeos.
Solo en ese momento y casi seguramente impulsado por mis instintos, tomé lentamente el picaporte para girarlo aún más lentamente. Totalmente concentrado en no emitir ningún sonido, luego de un lapso eterno de tiempo, finalmente hube ingresado a tu alcoba.
Solo en ese momento y casi seguramente impulsado por mis instintos, tomé lentamente el picaporte para girarlo aún más lentamente. Totalmente concentrado en no emitir ningún sonido, luego de un lapso eterno de tiempo, finalmente hube ingresado a tu alcoba.
Al acercarme al catre mi horizonte se hacía incierto y las manos me transpiraban. Cuatro pasos cortos para quedar mirando fijo a tus ojos cerrados. Omnipresente en mis oídos tu respiración; tres veces inspirabas pausadamente y tres veces el delicioso jadeo al exhalar, una respiración profunda y finalmente tu vaho sensual enbriagábame un poco más (así, horas y horas). Luego, mi mirada se dirigía hacia la bella nariz de la joven, la causante de aquel efecto... Así; sus labios carnosos y sensuales, su cuello largo, sus hombros... Hasta donde llegaban las sabanas, que siempre taparon a la altura del pecho, como cubriendo celosamente sus senos y dejando que aquella imagen siguiera siendo totalmente inocente; totalmente inocente.
A las primeras señales de la aurora, te tapaba con las mantas y me retiraba con el mismo sigilo que al llegar. Siempre soñé con entender tus sueños. Siempre anhele formar parte de ellos… Nunca supe tu nombre, nunca te escuché hablar y solo algunas veces pude ver entreabiertos tus ojos. Posiblemente ni siquiera sepas de mi existencia y así es mejor...
¿Que le diría?
Si sé que es solo una ilusión.
Maldición más grande sería,
ahuyentarlo sin siquiera
motivo o razón.
Mis párpados me ciegan.
Complicemente,
me sumerjo en mi falso sueño
para dejar que mi dueño
juegue conmigo dulcemente.
Ante su inminente presencia,
recuerdo mis piernas temblar de ansiedad.
Recuerdo subir por mi espalda,
un lascivo escalofrío,
que tardío me excitaba.
Un impulso involuntario
desde mis piernas dominaba,
imponiendo lujurioso
mis instintos primarios.
Evitando mi desvelo,
arrullaba mi pelo,
con sus gentiles manos…
sensibles.
Apretaba mis piernas cruzadas…
El calor, la paciencia.
Imaginaba aquella presencia…
¡Pero qué dicha Imaginarla!
Al abrirse la puerta,
debo admitir, que mi ataque de pánico
sencillamente inmovilizaba
cada célula de mi cuerpo.
Pero sádico me mirabas y yo crédula,
convencida de que actuaba.
Lograste alucinarme
al paso de cada hora.
Sentí como mi cuerpo recorría
tu mirada inquieta y avizora
cada rincón de mi figura.
Sutilmente analizabas
con la mayor de las ternuras.
Y tu inocencia,
Nuevamente me excitaba…
Nunca dejó ni un rastro de sus visitas. Curiosamente ni siquiera forzaba la puerta al ingresar, de alguna u otra manera debe haber conseguido una copia de las llaves. Pero eso no es lo que importa. Lo que importa es que ahora estoy segura, totalmente segura que nunca fue parte de mi imaginación. Que eran verdaderas aquellas manos que acariciaban mi pelo, solo mi pelo cada vez que abría un poco mis párpados... Una mañana, simplemente amanecí destapada y desde aquella mañana pienso en usted cada noche...
Nunca supe su nombre, nunca lo escuché hablar y solo algunas veces logré ver su silueta con mis ojos entreabiertos.
Lamentablemente no creo que vuelva a visitarme. Todo gracias a que el dueño de aquella casa simplemente se enojo un día y prácticamente nos echó. Todo ese escándalo sin sentido solo por que mi mamá había mandado a pintar la casa.
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